Consenso, consentimiento y sumisión

El consenso, del latín “consentire» equivalente a “sentir con”, pensar, obrar, de acuerdo con otros.

Si para el proletariado este “sentir con” aludiera a un sentimiento de clase hacia sus iguales sería un acto positivo, un sentimiento de pertenencia, de ayuda mutua, de lucha colectiva hacia unos objetivos comunes. Pero desgraciadamente el consenso, hace ya muchos años, ha derivado en un “sentir con” la clase antagónica, con los responsables de la explotación de las personas autóctonas y del expolio de las foráneas.

Este concepto hace años se ha apoderado de las masas sobre todo en los países de capitalismo desarrollado, aceptando las interpelaciones con las que la clase dominante se ha dirigido a la población. En algunas interpretaciones se equipara a consentimiento, pero éste es permitir una cosa, con independencia de si esta permisión es por opción libre o mediante el uso de la fuerza. Tenemos otra definición: el asentimiento, el cual define más concretamente el mostrarse conforme con el pensar ajeno, algo más que consentir.

De todos modos asentimiento y consentimiento son piezas claves, en política, para alcanzar el consenso y éste es el paso obligado para que el sistema capitalista alcance la hegemonía. Hegemonía como dirección aceptada y sumisión en todos los ámbitos de la vida: en la economía, en la política, en la cultura, en la educación, en las ciencias, en el arte y en la moral. Hegemonía basada en la promesa de defender a la población de tres grandes peligros: la incultura, la inseguridad y la enfermedad, y por ello nos dicen educar, proteger y curar.

Es cierto que afloran resistencias pero la mayoría de la población acepta las órdenes, como también es cierto que se silencia a los disidentes. Pero hablamos hoy de la población mundial de una punta a otra del planeta, hablamos de miles de millones de personas, por lo cual debemos analizar cómo el mismo discurso se ha utilizado en todas partes. Discurso caracterizado por una nueva teología: la ciencia, en abstracto, y dentro de ella, cual misterio de la santísima trinidad, un conglomerado de materias que van desde la explotación salvaje de los recursos naturales del planeta, las producciones compulsivas y obsoletamente programadas, las ingenierías financieras, los experimentos biológicos y neurosensitivos sobre las poblaciones, la carrera armamentística y la perspectiva biogenética controlada.

A estos nuevos paradigmas de han unido, con más o menos matices, las organizaciones políticas y sindicales obreras en todo el mundo en un ejercicio amnésico de su pertenencia y de aceptación del concepto de “progreso” acuñado por la clase dominante que incluso dista mucho de las palabras del Papa Francisco en septiembre de 2019 en Akamasoa cuando se dirigió a los miles de congregados con las siguientes palabras: “El sueño de Dios no es solo el progreso personal sino principalmente el comunitario. Que no hay peor esclavitud, que la de vivir cada uno solo para sí mismo… Crear entre los trabajadores un espíritu de auténtica solidaridad. Que sepan estar atentos unos a otros, que se animen mutuamente, que apoyen a los que están agobiado y levanten a los que han caído” (1).

I

La “crisis” del 2008 puso en peligro dicho consenso, y los millones de personas afectadas empezaron a atribuir sus desgracias, ya sea de pérdida de sus ingresos por el trabajo, ya sea por ver evaporados sus fondos de pensiones, ya sea por verse desahuciados de sus viviendas, a los mecanismos del capitalismo, a pesar de una gran campaña que atribuía estas desgracias a “unos cuantos especuladores financieros”, en un intento de salvaguardar el sistema a los ojos de la mayoría de la población.

El capitalismo aprendió muy bien la lección. Su próxima “crisis” debería quedar a cubierto de cualquier atisbo de culpa que pudiera atribuirse al sistema en su conjunto. Prestos se pusieron a elaborar cuál podría ser el “modus operandi” necesario para la implantación del nuevo patrón tecnológico, el cual tendría unas repercusiones para el proletariado peores que las del 2008 y que para este nuevo patrón tecnológico sería necesario un fortalecimiento del consenso al mismo tiempo que un incremento de la disciplina, el individualismo y la destrucción de algunos de los pilares del consenso anterior: la negociación colectiva y el aniquilamiento de las formaciones sindicales no dependientes de los presupuestos estatales y patronales. De lo contrario sería algo más difícil imponer los futuros cambios tecnológicos, culturales y educativos.

Disciplina que, a semejanza de una nueva religión, interpelaba a la sociedad sobre la necesidad de adoración a unos nuevos ídolos creados “ad hoc”. Para ello no servía el discurso acuñado en el 2008 de culpabilizar a unos demonios especuladores, ya no sería creíble. Era preciso, por tanto la búsqueda de nuevos culpables y de unos nuevos teólogos que fueran capaces de modificar el discurso apocalíptico y emplazaran a la población a ser fieles seguidores de las órdenes emanadas desde el nuevo oráculo de los dioses. Ya no serían los economistas, sino los sociólogos, pedagogos, epidemiólogos y biólogos, modernos tecno-teólogos que ya tuvieron un papel destacado en la década de los ochenta del siglo pasado pero ahora con sus poderes ampliados.

Algunos de estos tecno-teólogos saben muy bien que no es tarea fácil sumir al conjunto de la población adulta en un consenso global y precisamente por ello hace años que su especial preocupación ha sido el sistema educativo, con un control ideológico extremo de los contenidos curriculares, en los cuales se ha diseñado una auténtica dictadura pedagógica, en la que no tiene lugar la duda ni la hipótesis, sino una única verdad acorde a la nueva teología. Verdad que se disfraza con hábitos de colores, con modernas técnicas, con aparente progresismo, pero que excluye cualquier atisbo de reflexión fuera de los marcos establecidos.

Podríamos calificar a partir de los años 80, una uniformidad por lo que respecta a la concepción del mundo, de la salud, de la sociedad y de la felicidad, entendida ésta como la capacidad de consumir, de tener. Pero en absoluto se plantea, desde la más tierna infancia, la necesidad de conocer el propio cuerpo, de educar para la salud y no para la enfermedad, de limitar las apetencias derivadas de un excesivo consumo de objetos y medicamentos.

II

Las necesidades son un producto cultural e histórico. Y la creación de necesidades es una característica propia del capitalismo y una necesidad de la producción tal como alertaba Marx en su tiempo: “La producción, en consecuencia, produce no sólo un objeto para el sujeto, sino también un sujeto para el objeto”. Aunque Marx no profundizó mucho acerca del tema, sí podemos encontrar preguntas sin respuesta acerca de las necesidades “Estas preguntas acerca del sistema de necesidades y el sistema de trabajos ¿En qué momento debemos abordarlas? ¿Cómo explicar, por cierto, lo que un particular grupo humano se complace en considerar satisfacción? Nada es tan variable, arbitrario por naturaleza como el sistema de necesidades” (2).

Impulsar las necesidades, aún a costa de la creación de una compulsión enfermiza por la posesión de objetos, es la función de la industria de la propaganda a la cual la sociedad se muestra sumisa de forma igual que a los dictados de la religión, de la política o de la ciencia. Consumir antes de nacer, a partir del nacimiento, durante la infancia, en la adolescencia y después de tantos años educando la satisfacción de tener, de poseer, como paradigma de ser, las personas ya están formadas para entrar de lleno en la sociedad programada del consumo.

Y el consumo ha sido una de las claves del consentimiento, y dicho consumo se ha relacionado con el ocio desde la más tierna infancia, de esta forma hemos podido comprobar que mientras los parques infantiles de los diferentes barrios eran transitados por los niños y niñas de los hogares inmigrantes, las criaturas de la clase obrera autóctona pasaban los fines de semana paseándose por los templos del consumo de los grandes centros comerciales, de la misma forma que en los años 50 del siglo XX llevaban las criaturas a la misa dominical después de haberlas puesto en manos del sacerdote de turno los sábados para que les impartieran el catecismo. El “cambio” consistió en trasladar la educación extraescolar de las parroquias a los supermercados y en algunos casos a las ludotecas o agrupaciones de Boy Scouts. Todo convertido en pura mercancía al arrebatar el suelo público para el juego y convertirlo en una prioridad para las plazas de aparcamiento con el subsiguiente pago.

Se fueron creando necesidades a medida que la producción lo demandaba y así el consumo se convirtió en una necesidad de la producción, no de las personas, como un espejismo que equipara consumo con felicidad y el capitalismo era capaz de ofrecer este milagro a costa de que la clase obrera se subsumiera a las órdenes del trabajo alienado. Y los niños son grandes observadores del comportamiento consumista de los adultos de su contexto social, sobre todo de sus padres. Ellos se convierten en el modelo a seguir y, progresivamente van asimilando sus comportamientos para imitarlos. Si los adultos del entorno tienen lo que se anuncia en televisión, el niño desea lo mismo para él. Los niños son los destinatarios preferidos del sector publicitario porque son fácilmente manipulables y, abusando del deseo de los padres de ofrecer “lo mejor” a sus hijos, mandan un continuo bombardeo de anuncios para estimular el deseo de poseer bienes materiales de los pequeños, anhelo que nunca se da por satisfecho y conduce a incrementar las exigencias de los niños.

Los padres también estimulan el afán consumista de los hijos cuando les ofrecen bienes materiales para compensar el poco tiempo que pasan con ellos. Es frecuente que el padre y la madre pasen demasiadas horas fuera del hogar trabajando para conseguir más dinero con el que consumir más objetos materiales para la familia y, sobre todo para los hijos. Una rueda inacabable a satisfacción del capital que reproduce una visión de la realidad que mantiene el actual poder económico y social de la clase dominante. Para conseguir esto, los publicistas actúan adaptando no sólo los productos sino los mensajes al desarrollo cognitivo, social y afectivo infantil. Junto a todo esto, el gran reto para las grandes multinacionales es crear lo que se denomina “la construcción empresarial de la infancia” que permita explotar cada vez más la inclinación consumista de los niños y niñas, impulsándose la imagen modelo a la que hay que seguir.

III

Se han ido homogeneizando los contenidos curriculares armonizando materias a despecho de las realidades culturales diversas y marcando las prioridades establecidas por la OCDE. Así el Programa internacional para la evaluación de estudiantes (PISA) ya estaba orientado en el año 2000 para la perspectiva 2013. Del mismo modo, el programa Estudio de tendencias en matemáticas y ciencias (TIMSS).

En las distintas evaluaciones, los contenidos están acordes a la Agenda 2030, los cuales forman parte de la formación ideológica que dice a las personas qué es lo que existe, cómo es el mundo y cómo es la relación con el mundo. También lo que es posible y a lo que se puede aspirar. No es de extrañar, pues, que dentro de las evaluaciones a los estudiantes ocupe un lugar destacado la llamada “emprendeduría”. Y también incorpora lo que debe entenderse por justo o injusto, lo bueno y lo malo y las formas de entender la cultura. La sarcásticamente denominada “educación financiera” ocupa un lugar destacado en las pruebas PISA según el informe 2015 del Ministerio de Educación español. No es aventurado afirmar que el proceso de consentimiento, consenso y sumisión tiene su origen en el mundo escolar (3).

“Emprendedores”, palabra mágica con la cual se cubre un discurso dirigido a las personas pertenecientes a los países de capitalismo rico en el cual lo fundamental es el individualismo a ultranza y el darwinismo social adecuado a las nuevas profesiones de la inteligencia artificial, la propaganda, los medios de comunicación o las intermediaciones financieras. La misma palabra de “emprendedores” es utilizada en los países de capitalismo pobre para orientar a la población de dichos países a profesiones distintas, tal como lo refleja el ejemplo de Sustentavel en Río Grande do Norte en Brasil a iniciativa del Banco Mundial, que dedicó menguados fondos para dotar de asistencia y “capacitación técnica” para otro tipo de emprendeduría: la de hurgar en los escombros, que según Fátima Amazonas, directora del proyecto en el Banco Mundial “las inversiones convertirán a estas personas en legítimos empresarios socio-ambientales” y que según ella este es el futuro para los más de 15 millones de personas que en los países de capitalismo pobre viven de escarbar en los basureros (4).

IV

Como he dicho anteriormente, hemos de mirar atrás para buscar un punto de inflexión a nivel mundial en el cual se relacionen economía, política, ciencia y educación. Y esto lo encontramos en la década de los 80 del siglo XX que, por un lado se produce un avance espectacular del consenso en torno a las propuestas denominadas neoliberales, consenso expresado a través de las urnas en varios países, pero por sus características y peso en el entramado mundial podemos citar el triunfo del programa neoliberal de Margaret Tatcher en Gran Bretaña y de Ronald Reagan en Estados Unidos. Al mismo tiempo el clímax de las propuestas de avance hacia la economía de mercado en China desde 1978 de la mano de Deng Xiaoping y Hu Yaobang, con unas secuelas de inflación y desempleo en las grandes ciudades, que culminó en las protestas de 1989 en Pequín y otras ciudades. A su lado en la Unión Soviética, tras la muerte de Chernenko, fue elegido Mijail Gorvachov como máximo dirigente el cual se rodeó de un grupo de asesores partidarios de la liberalización económica, la descentralización administrativa y la autonomía empresarial, en definitiva del abandono del socialismo que arrastró tras de sí a la totalidad de partidos comunistas del mundo.

Al mismo tiempo, de esta ofensiva del capital en todos los rincones del planeta, hace aparición una “terrible pandemia” que desde su aparición en Estados Unidos, de golpe y porrazo dicen que está extendida por todo el mundo: el síndrome de inmunodeficiencia adquirida, vocablo inventado “a la page” al cual se atribuyen fallecimientos de todo tipo, alcanzando la cifra de 32 enfermedades conocidas sobradamente. Alrededor de esta gran campaña propagandística se movieron cientos de miles de millones de dólares, se concedieron premios Nobel y se creó una campaña de terror social la cual estaba caracterizada por unos “consejos científicos” de alejamiento social y culto al individualismo en un momento en que eran más necesarias que nunca las grandes movilizaciones para enfrentar la ola privatizadora del nuevo modelo económico que consistía en el cierre de las empresas estatalesy la venta o regalo de estas al capital privado. Tal vez lo más emblemático fuera el cierre de la minería del carbón en Gran Bretaña y la privatización de toda la estructura ferroviaria. O la militarización de los controladores aéreos en Estados Unidos donde el 7 de Agosto de 1981 el presidente de EE.UU., Ronald Reagan, ante una huelga de controladores, envió 11.000 cartas de despido y puso en marcha un plan de emergencia consistente en el empleo de personal militar en las salas de control. Así acabó la huelga.

Fue la década de las grandes privatizaciones en todo el mundo y el inicio del desmantelamiento del llamado estado del bienestar en los países capitalistas desarrollados. En el caso de España este proceso se inició con los Pactos de la Moncloa de 1977 en los que se sientan las bases para el paulatino desmembramiento del sistema de seguridad social y la puesta en práctica de las exigencias para la incorporación al entonces llamado Mercado Común Europeo, siendo éstas básicamente la privatización de toda la estructura industrial y de servicios nacionalizada que estaba organizada a través del Instituto Nacional de Industria (INI).

Todo este proceso se realizó en España con el consenso de la clase obrera mediatizada por las dos grandes centrales sindicales (Comisiones Obreras y Unión General de Trabajadores) y los dos partidos políticos que se decían representarla (Partido Socialista Obrero Español y Partido Comunista). La lucha de clases en este período se caracterizó tan sólo por protestas de índole salarial alrededor de las negociaciones colectivas y en cuanto al desmantelamiento industrial dicha lucha giró mayoritariamente en torno al monto de las indemnizaciones a percibir por despido. No hubo una estrategia dirigida a mantener el tejido industrial y de servicios. Sectores enteros como el textil, la gama blanca y gama marrón en cuanto a los electrodomésticos, la siderurgia, la construcción naval, la minería, la alimentación, la agricultura extensiva, la ganadería, la industria química, el transporte por carretera, la automoción, la maquinaria pesada, o fueron desmantelados o fueron privatizados. Emblemático fue el cierre de la empresa estatal Altos Hornos del Mediterráneo y el despido de más de cuatro mil personas.

Las interpelaciones a la clase obrera estaban revestidas con la aureola del “cambio” y mediante este vocablo equiparado a democracia, libertad, etc., junto a suculentas indemnizaciones, prestaciones por desempleo, jubilaciones anticipadas y promesa de nuevos puestos de trabajo, se estableció el consentimiento necesario para la integración en el Mercado Común y la OTAN.

V

Según la opinión de las estructuras corporativas multinacionales era preciso crear una “nueva disciplina” del trabajo en la cual no se estableciera diferencia entre la sumisión al trabajo enajenado en el seno de las empresas y la sumisión a unos patrones de consumo y comportamiento social fuera de ellas. Tarea a la cual se dedicaron los modernos tecno-teólogos en todos los campos del conocimiento a partir de los laboratorios de investigación de todas las universidades del mundo. Facultades de sociología, psicología, economía, pedagogía, biología, historia… dedicadas a construir desde contenidos curriculares falseados históricamente hasta modernas técnicas de comunicación.

De todos modos, no es fácil modificar, en el transcurso de una sola generación, unas pautas culturales adquiridas por la generación anterior, borrar la memoria colectiva anterior, anatematizar usos y costumbres para imponer otros nuevos. Se ha pasado de una cultura del aprovechamiento, del ahorro a una cultura de usar y tirar o de tirar sin usar mediante el consenso y el asentimiento de mantener la producción a toda costa ya que ello representa el mantenimiento de los puestos de trabajo sin importar que se produce, ni para qué ni como, en una simbiosis perfecta capital-trabajo como característica del consenso social alcanzado.

Así como en las negociaciones colectivas se han aceptado de forma constante los incrementos de los ritmos de producción, a nivel social la rapidez, la inmediatez han ido aparejadas a los ritmos productivos y esta rapidez constante en todos los ámbitos de la existencia tiene concreciones en el consumo patológico tanto de cosas como de sensaciones. Consumo para las clases dominantes de una cierta calidad y consumo para el proletariado “made in China” de baja calidad pero también de bajo precio, así cualquier obrero u obrera puede emular el consumo de la burguesía en apariencia. Cuando la mirada se dirige hacia la clase dominante y se intentan copiar sus hábitos, modas, maneras y lenguajes, algo contradictorio está ocurriendo en el seno de la clase obrera en cuanto a su percepción del mundo, de la vida, de las aspiraciones… En esta contradicción radica la sumisión a la clase dominante y no solamente en unas determinadas relaciones laborales.

Un 60% de españoles compran ropa cada mes, con un gasto medio mensual personal estimado en ropa y calzado de 90,50 euros, 8 de cada 10 desconocen cuánto vale su armario aunque si tuvieran que estimar la media estaría en 2.480,70 euros, y casi un 59% tiene más de 35 prendas en su armario. En 2017 en prendas de vestir se gastaron en España 23.364 millones de euros (5).

A partir de los análisis sobre los mecanismos de funcionamiento del capital monopolista se derrumba la teoría del consumo individual como acción únicamente personal en base a la utilidad de la compra y se advierte el consumo desmesurado para “acomodar su estatus con el de su grupo de referencia” y mediante el ejercicio hegemónico cultural del capitalismo y el consenso derivado de la claudicación ante la clase dominante, ese grupo de referencia no es otro que la burguesía. Según Víctor Martín Cerdeño de la Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad Complutense de Madrid, la idea principal queda resumida con las siguientes palabras: “el individuo forma parte del grupo porque consume un conjunto estandarizado de bienes y a la vez consume tales bienes porque forma parte del grupo” (6).

Según los datos recogidos en el panel de cuantificación del desperdicio alimentario en los hogares, del Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación, los hogares españoles desperdiciaron entre enero y diciembre de 2018 un total de 1.339 millones de kg/l. de alimentos y bebidas, lo que supone un incremento del 8,9% con respecto al año anterior, destacando que “8 de cada 10 hogares reconocen tirar alimentos y bebidas a la basura. En este ámbito, el 81,5% de los hogares tira productos tal y como los compraron, sin haber sufrido ningún tipo de elaboración. Quienes desperdician productos sin utilizar son principalmente hogares familiares de hasta 49 años, con niños menores de 6 años o parejas sin hijos” (7). Mientras, largas colas aparecen en los bancos de alimentos y comedores sociales que en 2019 atendieron a 1.050.684 de beneficiarios directos y repartieron 21 millones de kilos en todo el país.

Bancos de Alimentos, un modelo caritativo que nació en Estados Unidos. El primero de estos bancos funcionó en Arizona, en 1967. Hoy los diferentes bancos reparten comida a 42 millones de personas que tienen problemas para alimentarse, uno de cada siete estadounidenses, de acuerdo con las estadísticas de Feeding America. No por casualidad se les denominó “bancos” como simbolismo del centro financiero del poder económico del capitalismo.

El trasfondo de los Bancos de Alimentos es perverso y de claro perfil ideológico ya que ayudan a ver el tema de la pobreza y el hambre como una situación ajena al sistema económico imperante. En el caso de España, toda donación que se haga al Banco de Alimentos, ya sea en dinero o bienes, desgrava fiscalmente un 35%. Las grandes empresas del sector alimenticio pueden deducir así millones de euros (8).

El Servicio de Estudios de BBVA afirma que un tercio de los hogares españoles se encuentra en una vulnerabilidad económica extrema. Es decir, no cuentan con una hucha suficiente para poder subsistir ni siquiera tres meses, y el 16% del total de núcleos familiares, es decir, 3,05 millones, no estaría en condiciones de afrontar todos los gastos ni siquiera un mes. Hasta finales de abril los bancos recibieron más de 525.000 solicitudes de moratorias, tanto hipotecarias como para otro tipo de créditos (9).

Y, una parte de la clase obrera, que mantiene un nivel de ingresos acorde a los perversos estándares sociales copiados de la burguesía, hacen como la parábola de los fariseos descritos en el Evangelio de Lucas que dan gracias a Dios por “no ser como los otros hombres” (Lucas 8, 9-14).

VI

¿Qué mejor medida de disciplina social que estas cifras? ¿Qué mejor medio de sumisión que realizar una cola de horas para recoger una bolsa de alimentos? ¿Qué mejor método de humillación que tener que recorrer las oficinas de los profesionales de la Asistencia Social para suplicar un certificado de “persona necesitada”? ¿Qué mejor medida para fomentar la individualización y la desconfianza que una campaña amparada en un peligro mortal derivado de una epidemia?

La pregunta clave debería ser: ¿cómo organizar a este proletariado difuso y contradictorio, carente de ingresos pero con la mirada puesta en la clase dominante? ¿Cómo modificar los hábitos culturales heredados de la burguesía? ¿Cómo exigir que la economía, la educación, la salud y la ciencia formen parte del debate democrático?

No son aplicables hoy en las sociedades del capitalismo avanzado las recetas organizativas de los inicios del industrialismo, ni tan solo para el 20% de la población depauperada, puesto que no forman un conjunto homogéneo como podían formarlo los hombres y mujeres del proletariado más pobre del siglo XIX.

El capitalismo en dichas sociedades hoy destina una parte de su inversión a la llamada asistencia social. Inversión que le garantiza una paz social, precaria, pero paz social y en torno a ella un consenso basado en el consentimiento, el asentimiento y el miedo.

Una estrategia para la lucha de clases en estos contextos debe basarse en la utilización de los medios disponibles para desenmascarar culturalmente el discurso hegemónico y la elaboración de propuestas que sirvan de alternativa a dicho discurso en todos los órdenes de la vida: trabajo, salud, educación, ciencia y tecnología, y alrededor de estas alternativas reorganizar socialmente una parte del proletariado alejado de las consignas reformistas de “queremos más de lo mismo” y estableciendo una nueva cultura obrera que reniegue de los paradigmas de la burguesía. Un tipo de organización que no tenga por principio el victimismo, sino que apunte a un nuevo tipo de sociedad en el camino del socialismo y el comunismo. No será fácil, pero la nueva organización comunista debe apuntar a estos presupuestos.

Existen diversos colectivos que apuestan por romper el orden establecido ya sea en forma de cooperativas de consumo, ya sea en forma vida colectiva, ya sea en forma de autogestión de la salud, ya sea en forma de escuelas libres, pero centrados únicamente en sus respectivos espacios sin una visión de totalidad y seguramente una organización comunista podría favorecer dicha visión en la perspectiva de organizar un gran frente que fuera más allá de la mera reivindicación del estado del bienestar de antaño.

(1) http://www.vatican.va/content/francesco/es/speeches/2019/september/documents/papa-francesco_20190908_cittaamicizia-madagascar.html
(2) K. Marx. Grundisse. Traducción de Martin Nicolaus, 1973. pág. 528
(3) https://www.educacionyfp.gob.es/dctm/inee/pisa2015-competencia-financiera-inf-espanol.pdf?documentId=0901e72b825a92bd
(4) https://www.bancomundial.org/es/news/feature/2015/05/07/brasil-reciclaje-basura-vertederos
(5) https://es.statista.com/estadisticas/478816/gasto-de-los-hogares-en-prendas-de-vestir-en-espana/
(6) https://www.researchgate.net/publication/28063014_El_consumidor_espanol_factores_que_determinan_su_comportamiento/link/54fac4fc0cf2040df21cd5f3/download
(7) https://www.mapa.gob.es/es/prensa/ultimas-noticias/-el-desperdicio-alimentario-en-los-hogares-espa%C3%B1oles-aument%C3%B3-un-89-en-2018/tcm:30-510668
(8) https://laredpopular.org.ar/la-donacion-de-alimentos-un-gran-negocio-que-genera-mas-hambre/
(9) https://www.eleconomista.es/economia/noticias/10541421/05/20/La-crisis-y-el-confinamiento-conducen-a-seis-millones-de-personas-al-borde-de-la-pobreza.html

comentarios

  1. Los derechos laborales, civiles y sociales dinamitados en el transcurso de las últimas décadas. Toda la arquitectura obrera y sindical desmontada y ahora los derechos sociales vaciados de contenido. La integración social, la cooperación y la participación social, la autonomía e independencia de los grupos y personas que deciden y toman decisiones acerca de sus intereses, el llamado rol social… todo queda hecho añicos. La sociedad queda sumida en un individualismo atroz, donde la obediencia ciega, la dependencia absoluta del poder establecido y el miedo siquiera a debatir son el paradigma a seguir por personas que pasan de ser sujetos activos a objetos pasivos.

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